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Turismo

Las tasas turísticas mueven dinero, no gente. La prueba de verdad son los 10.101 pisos de Barcelona, y los datos para juzgarla ya existen

Venecia cobra 5 o 10 euros por entrar a pasar el día, Ámsterdam se lleva el 12,5 % de cada habitación de hotel y Kioto hasta 10.000 yenes por noche. Nada de eso hace dar la vuelta a nadie: el turista extranjero que viene a España gasta de media unos 1.390 euros por viaje. La única medida que apunta a aquello por lo que los vecinos salieron a la calle es el cierre de los 10.101 pisos turísticos de Barcelona en noviembre de 2028. Si funciona se verá en los alquileres, y esos ya se cuentan, barrio por barrio.

Una calle estrecha de Barcelona, con edificios de viviendas antiguos y balcones de hierro

Una calle estrecha de Barcelona, con edificios de viviendas antiguos y balcones de hierro Foto: Ronni Kurtz / Unsplash

Turistas internacionales en el mundo en 2025, un récord1.520 millones
Pisos turísticos que Barcelona cerrará en noviembre de 202810.101
Lo que recaudó en 2025 la tasa de Venecia a los visitantes de un día5,4 millones de euros
La tasa turística de Ámsterdam sobre una habitación de hotel, la más alta de Europa12,5 %

Hay una enfermera en esta historia que no tiene nombre, porque son muchas. Trabaja en el centro de una ciudad llena de turistas y cada año vive un poco más lejos de su trabajo. No sale en ninguna estadística del turismo, que cuenta llegadas, noches de hotel y gasto. Y sin embargo, cuando se discutió si las tasas turísticas y el cierre de pisos turísticos protegen a quien vive en una ciudad, casi todos acabaron de acuerdo en una sola cosa: que la manera de saberlo es mirar si ella puede seguir viviendo en su barrio.

Tú la has visto. Es la que baja al metro cuando los de la maleta con ruedas suben.

Lo que están cobrando las ciudades

Una tasa turística es lo que paga el visitante, casi siempre en la factura del hotel, y que se queda la ciudad y no el hotel. Venecia hace otra cosa: cobra a quien va a pasar el día y no duerme allí. En 2026 lo cobra 60 días, entre abril y julio, de las 8:30 a las 16:00, y cuesta 5 euros si se reserva con cuatro días de antelación y 10 si no. No pagan los vecinos, los nacidos en Venecia, los estudiantes, los que trabajan allí ni los que duermen en la ciudad. En 2025 recaudó unos 5,4 millones de euros.

Ámsterdam cobra la noche en vez del día: desde 2024, su tasa es el 12,5 % del precio de la habitación, antes era el 7 %, y es la más alta de Europa. Kioto cobra desde el 1 de marzo de 2026 por tramos de precio, desde 200 yenes por noche en las habitaciones más baratas hasta 10.000 en las que cuestan 100.000 yenes o más. Antes, lo máximo eran 1.000.

Barcelona ha elegido otra herramienta. Un piso turístico es un piso normal, en un edificio de vecinos, que se alquila a visitantes por noches. En junio de 2024, el alcalde, Jaume Collboni, anunció que las 10.101 licencias de pisos turísticos de la ciudad no se renovarían y se acabarían en noviembre de 2028, para que esos pisos volvieran a ser casas. En marzo de 2025, el Tribunal Constitucional español avaló la ley catalana en la que se apoya la medida y rechazó el recurso del Partido Popular, que la llamaba expropiación.

Y en junio de 2025, los vecinos salieron a la calle a la vez en varias ciudades del sur de Europa por primera vez: Barcelona, Palma, Lisboa, Venecia. En Barcelona algunos llevaban pistolas de agua y rociaron a los turistas de las terrazas. La queja no era el ruido. Era el alquiler.

Una tasa mueve dinero, no gente

La presión es de verdad. En 2025 viajaron al extranjero unos 1.520 millones de personas, según ONU Turismo, 60 millones más que el año anterior. España recibió un récord de 96,8 millones de turistas extranjeros, que gastaron más de 134.700 millones de euros.

Pon la tasa de Venecia al lado de lo que cuesta un viaje y deja de parecer una barrera. El turista extranjero que vino a España gastó de media unos 1.390 euros por viaje; 10 euros son menos del 1 % de eso. Nadie que ya ha pagado el avión se da media vuelta al llegar a Venecia por el precio de un café. Fue lo primero en lo que coincidió el debate:

Las tasas son cajeros automáticos, no puertas.GLM

Adónde van los 5,4 millones de Venecia no estaba en nada de lo que se dio al debate, y nadie supo decirlo. Y la queja de que las tasas castigan al que viaja con poco resultó cierta solo a medias: los tramos de Kioto cobran menos a la habitación barata y más a la cara, y el 12,5 % de Ámsterdam le saca diez veces más a una habitación de 500 euros que a una de 50.

Lo que sí volvió una y otra vez fue la otra cara de la tasa: que una ciudad acaba viviendo de ella.

Las tasas turísticas y los cierres de pisos son como ponerse a dieta cuando vives de vender pasteles.MiMo Flash

Esos 134.700 millones los cobra alguien: la camarera de pisos, el camarero, la familia que alquila una habitación. Cuántos empleos dependen de ellos no estaba en los datos, y fue el hueco que nadie pudo cerrar. La respuesta a los pasteles fue seca: si las tasas no aligeran las calles, el dinero sigue entrando y los vecinos se siguen yendo, y eso «no es un plan B, es pagar para que la gente sufra».

El único experimento que se puede medir

Así que la discusión fue a parar a Barcelona, porque es la única de todas estas medidas que apunta a aquello por lo que la gente salió a la calle. No le cobra nada a nadie: quita 10.101 pisos del mercado turístico y espera a ver qué pasa con el alquiler.

Y ahí el debate se puso a buscar unos números que creía que no existían. Para saber si el cierre funciona, dijo, primero habría que saber cuánto costaba alquilar antes: unos datos de partida, medidos ahora, para comparar después. Una de las seis fue más lejos y dijo que las ciudades ni siquiera recogen los alquileres por barrio. Eso no es cierto en Barcelona. La Generalitat, el Gobierno catalán, publica cada trimestre el alquiler medio y el precio por metro cuadrado de cada barrio de la ciudad, sacados de las fianzas que los caseros tienen que depositar en un organismo público, el Incasòl. Los datos de partida que el debate quería inventar ya están ahí.

La otra mitad es más difícil, y nada de lo que recibió el debate la medía. Porque lo que acabaron proponiendo los seis no fue mirar el alquiler, sino a la gente: si la enfermera, el maestro y la limpiadora pueden seguir viviendo cerca de donde trabajan, contado como un porcentaje del barrio y no como una historia. Parecía un acuerdo, y una de las seis lo usó en contra del propio acuerdo:

Cuatro de nosotros acabamos de ponernos de acuerdo. Eso solo ya debería preocuparos.MiniMax

El motivo era la palabra «esencial». Quién cuenta como trabajador esencial lo decide quien gobierna, y quien puede cambiar la definición puede cambiar el resultado. Así que se fueron sumando condiciones. Medir el alquiler por metro cuadrado en los barrios que pierdan más pisos turísticos. Contar quién sigue viviendo en el barrio y cuántos empleos se pierden. Y no juzgar demasiado pronto, porque la vivienda se mueve despacio y los pisos no cierran hasta noviembre de 2028: la fecha para dar un veredicto pasó de 2030 a 2032 a lo largo de la discusión.

Una ciudad no es un hotel.DeepSeek

No todos aceptaron el marco. Una de las seis quería que las ciudades movieran a la gente en tiempo real hacia los barrios vacíos y pagaran a los vecinos un dividendo con lo recaudado; otra se preguntó si una ciudad que necesita a los turistas para vivir no está ya rota. Ninguna de las dos ideas traía un número, y la respuesta que recibieron no fue sobre si eran buenas, sino sobre el tiempo: los vecinos de las pistolas de agua «no tienen una década».

Las pistolas de agua salieron un día en las noticias. Los precios del alquiler salen cada tres meses. Y en noviembre de 2028 habrá 10.101 pisos más que contar, y una enfermera que sabrá antes que nadie si ha servido de algo.

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