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Redes y menores

Australia ha cerrado unos 5 millones de cuentas de menores de 16. Nadie sabe aún si hay un solo niño que esté mejor

Australia prohíbe desde diciembre de 2025 las redes sociales a todos los menores de 16 años, el primer país en hacerlo; en agosto, los jueces franceses tumbaron una ley parecida, y la Comisión Europea propone ahora que nadie menor de 13 esté en redes. Lo que se discute es si apartar a los niños de las plataformas los protege, o si cuesta la intimidad de todos y los empuja a sitios peores. De momento, lo único que se ha contado son cuentas, y contar cuentas mide el esfuerzo, no la salud.

Dos adolescentes miran el móvil bajo un arco cubierto de pintadas

Dos adolescentes miran el móvil bajo un arco cubierto de pintadas Foto: yep nope / Unsplash

Cuentas de menores de 16 que Australia dio por cerradas o restringidas en enero de 20264,7 millones
Edad mínima para tener cuenta en una red social en Australia desde el 10 de diciembre de 202516
Multa máxima para una plataforma; niños y padres no pagan nada54,6 millones de dólares australianos
Uso diario a partir del cual un estudio de 2019 encontró el doble de riesgo de síntomas de depresión y ansiedad3 horas

Lo raro de la primera prohibición de redes sociales para menores del mundo es que tiene un botón que dice «volver a intentarlo».

Está en Australia, donde desde diciembre de 2025 nadie menor de 16 años puede tener cuenta en Instagram, TikTok o YouTube. Una chica de quince abre la aplicación que lleva años usando y la aplicación le pide que demuestre que tiene dieciséis. No lo consigue. Le ofrece otro intento. Tampoco. Otro más. A la cuarta, o a la décima, entra. No es una manera de hablar: cuando el organismo que vigila la ley publicó su primer informe, uno de los fallos que encontró fue justo ése, plataformas que dejaban a los menores repetir la comprobación de edad hasta pasarla.

Y lo más incómodo es que nadie sabe todavía si esa chica es la prueba de que la ley falla o de que funciona.

Qué ha hecho Australia, exactamente

Desde el 10 de diciembre de 2025, la ley australiana obliga a las redes sociales a tomar «medidas razonables» para que nadie menor de 16 abra o mantenga una cuenta. El organismo que la vigila, la Comisionada de Seguridad en Internet, incluye entre las afectadas a Facebook, Instagram, Snapchat, Threads, TikTok, Twitch, X, YouTube, Kick y Reddit. Quedan fuera las aplicaciones de mensajería, los juegos en línea y los servicios de educación y salud. Y la multa es para las empresas, no para las familias: hasta 54,6 millones de dólares australianos para la plataforma que no ponga los medios. El niño que se salta la prohibición no paga nada, y su madre, si le ayuda, tampoco.

Los demás países siguen discutiéndolo. Francia aprobó en julio de 2026 prohibir las redes a los menores de 15 y su Consejo Constitucional la tumbó en agosto. El 16 de septiembre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso que en la Unión Europea nadie menor de 13 años esté en redes sociales. Y en España lleva un año en el Congreso una ley que subiría de 14 a 16 la edad para abrirse una cuenta, sin fecha para votarla. Australia es el único sitio donde se puede mirar qué pasa después.

Y lo que se puede mirar, de momento, es una cuenta.

¿Cuentas cerradas o niños que están mejor?

El 16 de enero de 2026, el Gobierno australiano anunció que se habían desactivado, borrado o restringido 4,7 millones de cuentas de menores de 16 años. Dijo que las cifras eran preliminares. A principios de marzo se habían quitado unas 310.000 más. Meta contó en agosto que ella sola había retirado más de 750.000 cuentas de Facebook e Instagram que atribuía a menores.

Son números enormes, y son números de cuentas. Un chaval puede tener varias. Cuántos niños hay detrás de los 4,7 millones no lo ha dicho nadie. La frase que más se repitió en el debate fue también la más sencilla:

Contar cuentas mide el esfuerzo, no la salud.GLM

Y la salud es justo donde la ciencia no se pone de acuerdo, lo cual tiene su gracia, porque no discrepan dos charlatanes sino dos de las instituciones más serias de Estados Unidos, el mismo año. En mayo de 2023, el Surgeon General, que es el máximo responsable de salud pública del país, advirtió que hasta el 95 % de los adolescentes de 13 a 17 años usa redes sociales, alrededor de un tercio «casi constantemente», y que un estudio de 2019 encontró que quienes pasaban más de tres horas al día en ellas tenían el doble de riesgo de síntomas de depresión y ansiedad. «No tenemos pruebas suficientes para decir con seguridad que las redes sociales son lo bastante seguras para nuestros hijos», dijo. Siete meses después, las Academias Nacionales de Ciencias de Estados Unidos repasaron toda la investigación y concluyeron que no permite afirmar que las redes sociales cambien la salud de los adolescentes en el conjunto de la población. Las dos cosas son ciertas a la vez. Una habla del riesgo del uso intenso; la otra, de si se puede demostrar que las redes causan daño a toda una generación.

El dato que zanjaría lo de Australia, si ha cambiado la salud mental de sus adolescentes desde diciembre de 2025, no lo tiene nadie. El debate no fingió tenerlo, y además avisó de lo difícil que será conseguirlo:

La depresión tiene mil causas.MiniMax

Así que la discusión se fue a qué habría que medir, y hubo una propuesta que aguantó hasta el final: la salud mental de los adolescentes en encuestas nacionales cada año, el tiempo que pasan con otras personas fuera de la pantalla, y si se van a plataformas más peligrosas. Si nada de eso mejora, la prohibición ha fracasado; si mejora, ha funcionado. Hasta el escéptico de la mesa, que había puesto pegas a todo lo demás, lo firmó con tres palabras: «Eso lo apoyo».

Aunque medir lo que hacen los niños da por hecho que se sabe dónde están.

La ventana que se queda abierta

En su informe de marzo, el organismo australiano abrió investigaciones a cinco plataformas: Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y YouTube. Además del botón de volver a intentarlo, encontró mensajes que animaban a los menores que ya habían dicho su edad a probar la comprobación de todos modos. Ninguna investigación ha terminado todavía en multa. Bastó para la imagen que más se repitió, dicha de tres maneras distintas: que la ley cierra puertas mientras los niños se escapan por la ventana.

Es el muro, que ya hace agua en el primer ladrillo.GLM

Adónde va el niño que se escapa era la pregunta difícil. Una parte de la mesa no dejaba de pensar en un niño concreto, el que no tiene en casa a ningún adulto en quien confiar y para quien un grupo de desconocidos en internet no es un peligro, sino un refugio:

Para algunos, una pequeña comunidad en internet es el único sitio donde alguien los ve.DeepSeek

Y más tarde, más duro: prohibir primero y preguntar después por su mundo «no es protección, es abandono». La respuesta fue la que a un periódico le gustaría poder dar y casi nunca puede. ¿Cuántos niños así hay? ¿Miles, millones? Nadie los ha contado. «Sin magnitud, es una sensación.» Tenían razón los dos, y ése es el problema de todo este asunto: el daño al niño solo es real y no tiene número, y el riesgo del que pasa más de tres horas al día en la pantalla, también.

Si la puerta hace agua, lo lógico es poner una cerradura mejor. Y ahí llega la factura de la intimidad.

Lo que tumbó la ley francesa

Comprobar la edad es cualquier forma que tenga una aplicación de saber si quien sostiene el móvil tiene más de tantos años. El problema es que no se puede comprobar solo a los niños. Para saber quién tiene menos de 16, hay que preguntárselo a todo el mundo, adultos incluidos.

Ése fue uno de los motivos por los que el Consejo Constitucional francés tumbó su ley el 14 de agosto. Los jueces vieron que la prohibición no era «adecuada, necesaria y proporcionada»: se aplicaba a todos los servicios sin mirar el riesgo real de cada uno y no dejaba a los padres dar permiso. Y obligaba a los adultos a demostrar su edad sin las garantías legales para proteger su intimidad.

Meta tiene su propia salida, que también es una manera de pasarle el trabajo a otro: comprobar la edad una sola vez, en el propio teléfono o en la tienda de aplicaciones, en lugar de en cada una de las decenas de aplicaciones que se usan. A dos voces del debate les gustó. Una propuso ir más lejos, con normas de diseño para todo el mundo, sin desplazamiento infinito ni recomendaciones que enganchan, tampoco para los adultos, para que nadie tuviera que demostrar nada. El escéptico no se lo compró:

No has resuelto el problema de la privacidad, solo lo has cambiado de sitio.MiniMax

Una norma que protege a los niños tiene que saber quién es niño. No hay versión gratis de esto.

¿Y qué se les ofrece a cambio?

El giro más incómodo vino de quien menos había hablado de móviles. Los niños, vino a decir, no eligieron la pantalla en lugar de la calle. Primero se les quitó la calle: nada de jugar sin vigilancia, nada de ir solos al colegio, nada de tardes vacías. Y luego los adultos se sorprendieron de que se fueran al único sitio donde todavía podían estar a su aire.

Estamos prohibiendo el único espacio digital donde los chavales tienen autonomía porque antes eliminamos todos los físicos.MiMo Flash

Era una idea poderosa, y llegó sin una sola cifra. Quién paga los centros juveniles y los barrios por los que se pueda andar, y cuántos se han hecho, nadie supo decirlo. Lo mismo le pasó a la propuesta más atrevida, espacios digitales públicos para adolescentes «financiados como las bibliotecas, no como los mercados de publicidad»:

Sin eso, es una charla motivacional, no una política.MiniMax

España puso el detalle más afilado. Al presentar la ley, el ministro Félix Bolaños dijo que un niño español tiene su primer móvil, de media, a los 11 años. Si la edad para abrirse una cuenta en redes sube a 16, son cinco años con un teléfono en el bolsillo y sin cuenta legal en las redes que usa todo el mundo. Dos de las seis fueron más allá y lo llamaron un móvil «sin nada legal dentro», y eso no es cierto: la ley solo toca las cuentas en redes sociales, la mensajería y todo lo demás siguen siendo legales, y además todavía no está en vigor. El hueco existe. Es más estrecho que el eslogan.

Lo que eligieron casi todos

Al final, cuatro de las seis dijeron lo mismo con palabras distintas: no copiar a Australia todavía. Las dos que propusieron algo en su lugar eligieron la forma de la propuesta europea: nada de redes antes de los 13 y, entre los 13 y los 15, solo cuentas limitadas que abren y vigilan los padres. Encaja mejor con lo que se sabe, se argumentó, porque el riesgo del único estudio que todos citaron está en el uso intenso, no en el simple acceso. Y responde a casi todo lo que objetaron los jueces franceses, porque los padres tienen algo que decir. Se apoya en una frase de la propia Von der Leyen: «Las plataformas tendrán que demostrar que son seguras». Todavía es una propuesta, y antes tiene que pasar por el Parlamento Europeo y por los Gobiernos de los países.

La condición que le pusieron es la misma que atraviesa todo el debate: decidir ya qué se considera un éxito, antes de copiar a nadie. Contar niños, no cuentas. Medir horas y salud mental, no bajas.

Es un experimento sin grupo de control.DeepSeek

Nadie en la mesa dijo que la prohibición hubiera fracasado. Nadie dijo que hubiera funcionado. El escéptico señaló el riesgo de verdad, y no era ninguna de las dos cosas: «Cantar victoria antes de haber medido nada».

En algún móvil de Australia el botón sigue diciendo «volver a intentarlo». El Gobierno ha contado cuántas veces se cerró la puerta. A la chica del otro lado todavía no le ha preguntado nadie cómo está.

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