Cuatro empresas gastan 2.000 millones de dólares al día en centros de datos. Lo que la inteligencia artificial factura no cubre ni el desgaste de las máquinas
Amazon, Microsoft, Google y Meta van a poner este año 725.000 millones de dólares en naves y tarjetas gráficas: más que el presupuesto entero del Estado español, y un 77% más que el año pasado. Puesta la cuenta encima de la mesa, nadie la discutió. Lo que se discutió durante cuatro rondas fue quién paga la diferencia — y ahí es donde deja de ser un asunto de Silicon Valley.

Las letras IA y un interrogante escritos con rotulador en una pizarra blanca Foto: Nahrizul Kadri / Unsplash
En una comarca cualquiera hay un hombre tirando cable dentro de una nave que no tiene ventanas y ocupa lo que ocupaban seis campos de trigo. Le han dicho que esto trae trabajo para veinte años. Se lo ha creído, y ha hecho bien: se lo dijo el ayuntamiento.
En el pueblo de al lado, una mujer abre la factura de la luz y no entiende por qué ha subido otra vez. Y a cuatrocientos kilómetros, un jubilado tiene el ahorro de su vida en un fondo de pensiones que, sin que él lo sepa, está casi todo en las cuatro empresas que pagan esa nave.
Ninguno de los tres ha participado en la decisión. Los tres están dentro.
Porque Amazon, Microsoft, Google y Meta van a gastar este año 725.000 millones de dólares en centros de datos y tarjetas gráficas. Son unos 2.000 millones al día, festivos incluidos: 83 millones cada hora que pasa. Es más que el presupuesto entero del Estado español y es un 77% más que el año pasado.
La pregunta incómoda es si hay alguien ganando lo suficiente como para pagar eso.
La resta que nadie discute
Al otro lado del gasto hay que poner lo que la inteligencia artificial factura de verdad. La mejor horquilla disponible va de 60.000 a 120.000 millones al año.
Y aunque las tarjetas se deprecien en cinco años, que es el supuesto más generoso que se puede hacer, eso son 145.000 millones anuales sólo de desgaste. Unos 400 millones al día en máquinas que pierden valor mientras funcionan, antes de pagar la luz, el suelo y la gente.
La aritmética no es ambigua.GLM
Ninguna de las seis voces puso esa resta en duda, y conviene subrayarlo porque es raro: en un debate donde discutieron todo lo demás, el número de partida lo aceptaron los seis.
Así que la discusión no es si sale la cuenta. Es qué pasa cuando no sale.
Un frenazo, o un choque
Aquí se abrió en dos, y las dos posiciones son buenas.
La primera dice corrección brusca, en doce o veinticuatro meses, con los 89.000 millones del último trimestre de Nvidia como techo y no como escalón. Su argumento más incómodo es un estudio del MIT según el cual el 95% de los proyectos empresariales de inteligencia artificial no llegan a producir un beneficio medible. Si casi ninguno funciona, nadie va a seguir pagando.
Enfrente, alguien le dio la vuelta al mismo dato: si sólo triunfa el 5%, ese 5% se lleva un valor desproporcionado — y resulta que son precisamente los que están construyendo los centros de datos.
Y hubo un matiz que le cambia el tono a todo, y que es lo que separa este momento del año 2000: esto no se está pagando con deuda. Sale de los 250.000 a 300.000 millones de caja que esas cuatro empresas generan cada año simplemente operando. No hay un préstamo que reclamar ni una garantía que ejecutar ni un banco que llame por teléfono un lunes por la mañana.
Sin covenant que romper, no hay desplome: hay desaceleración. El crecimiento del gasto bajando del 40% a un dígito hacia 2027 o 2028, y el margen de Nvidia comprimiéndose del 75% hacia el 60% o el 65% según le van comiendo terreno los chips propios de Google y Amazon. La facturación se estanca; no se cae.
Es una buena noticia y hay que decir para quién. Un aterrizaje suave lo es para quien puede esperar sentado. El hombre del cable no aterriza suave: se queda sin obra igual.
El termómetro está en el alquiler
El dato más concreto de toda la tarde no es una previsión, es un precio: alquilar una hora de la tarjeta más demandada costaba 8 dólares en 2024 y hoy cuesta entre 1,80 y 3,50.
Ese número admite dos lecturas opuestas, y las dos se defendieron bien.
La optimista: es el derrumbe de una escasez artificial. Cuando la potencia de cálculo se abarata lo suficiente como para meterla dentro de cualquier tarea, el negocio deja de ser alquilar horas y pasa a ser vender resultados.
La pesimista: cuando un precio se hunde a la mitad en poco tiempo, es que el último cliente que quedaba tiene alternativas o ha dejado de comprar. Ésa es la forma clásica del exceso de oferta encontrándose con una demanda floja, y no la de un mercado sano.
Nadie desmontó la segunda, y es el argumento bajista más sólido que apareció. Pero para sostener la primera hacía falta enseñar algo, y ahí empezó el problema.
Lo que se pidió una y otra vez, y no apareció
La exigencia se repitió en todos los turnos y nunca se cumplió: enseñad las cuentas auditadas de un solo servicio. Ingresos por dólar de cómputo gastado, margen de contribución por carga de trabajo. Un caso.
En su lugar aparecieron los contraejemplos. Klarna dio marcha atrás públicamente en su atención al cliente con inteligencia artificial después de que la calidad se hundiera. La adopción de Copilot va más despacio de lo previsto. Y el 95% de los pilotos que no escalan sigue ahí, mirando.
Frente a eso, la defensa se apoyaba en el valor estratégico: los ecosistemas de desarrolladores, los datos de las empresas que ya están dentro, el coste de cambiarse. Y se llevó la frase más seca del debate:
Capturar posición sin flujo de caja no es valor: es una manera más cara de perder dinero. Es exactamente el lenguaje que precedió a los 45.000 millones amortizados del metaverso. «Valor estratégico» es esperanza con estructura de capital.MiniMax
Se intentó también la analogía del ferrocarril —nadie exigió a las primeras vías que demostraran rentabilidad antes de ponerlas— y se le devolvió del revés: la fiebre del ferrocarril arruinó a miles de inversores antes de que la consolidación rescatara a los supervivientes. La analogía es buena; lo que no dice es de qué lado de esa historia te toca estar.
Y mientras se pedían las cuentas, el reloj corría. Pero no corría para todos igual.
El puente tiene dos carriles
La imagen que ordenó el debate fue la de un puente entre lo que hoy se ingresa y lo que se ingresará algún día. La pregunta era si aguanta.
Y llegó la corrección que la mejora:
Los puentes tienen carriles distintos. Los accionistas y los directivos pueden esperar, diversificar o salirse. Los que construyen y mantienen los centros de datos, no. Las comarcas que los alojan, tampoco. Si el puente se cae, los del carril de arriba se van andando; a los de abajo los aplasta.DeepSeek
Quien había propuesto la imagen la aceptó en el acto: «un puente con un carril reforzado para el capital y una tabla de madera para los trabajadores no es un puente que yo deba defender sin más». No es frecuente ver eso en una discusión.
Y hay un antecedente que lo respalda, porque esto ya ha pasado tres veces. En la fibra óptica, en las puntocom y en la vivienda, las pérdidas se socializaron hacia abajo mientras los beneficios ya se habían privatizado hacia arriba. Una corrección no es un acontecimiento neutro de mercado. Es un mecanismo de transferencia, y siempre transfiere en la misma dirección.
Añádele el desfase de calendario, que es lo que hace que esto no sea un empate de opiniones: la visión que justifica el gasto está a cinco o diez años vista, y el riesgo de corrección está a uno o tres. Un cambio de paradigma que llega después de que el capital se haya ido no es una revolución: es una buena idea que fracasó.
Todo eso todavía es dinero. Hay una parte que no lo es.
Lo que no se refinancia
Un centro de datos consume alrededor de 1,9 litros de agua por kilovatio hora. Multiplícalo por naves que no paran nunca, en sitios elegidos precisamente porque el suelo es barato, que suele ser una manera educada de decir que llueve poco.
El agua agotada en Arizona no vuelve a llenarse porque los resultados trimestrales decepcionen. Los trabajadores desplazados en el primer trimestre no reaparecen cuando la corrección poda el gasto especulativo en el cuarto.MiMo Flash
De ahí salió la frase que mejor resume el asunto entero, y no va de dinero:
El agujero de auditoría no es financiero. Es temporal. Estamos midiendo los costes en trimestres y las consecuencias se despliegan en generaciones.MiMo Flash
Con una réplica que también hay que poner, porque es cierta: una corrección financiera tampoco devuelve el agua, y encima destruye la base fiscal del municipio que la alojó. Para el acuífero no sirve ni el desplome ni la bonanza; sirve una norma. Eso no lo arregla el mercado en ninguna de sus dos direcciones.
Llegados aquí, cualquiera diría que no hay manera de saber quién tiene razón. Y sin embargo alguien lo dejó por escrito.
Lo que habría que ver, y con fecha
En medio de una discusión donde todos defendían su posición, uno hizo lo que casi nunca hace nadie: decir qué le haría cambiar de opinión. Dos condiciones, medibles y con plazo.
Que los ingresos de las aplicaciones de inteligencia artificial lleguen a 300.000 millones en 2027. Y que el coste de procesar texto siga cayendo a un ritmo de diez veces por año.
Si las dos se cumplen, el gasto estaba justificado y esta discusión habrá sido un ruido. Si no, dentro de dos años habrá naves llenas de tarjetas que nadie sabrá para qué usar, en comarcas que firmaron un convenio a veinte años.
No es una predicción: es un termómetro, y se puede mirar dentro de doce meses.
Y la cifra que sostenía el argumento es la más floja
Aquí es donde este periódico añade algo al debate, y no favorece a los debatientes.
Al comprobar los números uno a uno contra fuentes públicas, siete de las ocho cifras salieron correctas. La que falla es justo la que aguanta el argumento entero.
La horquilla de 60.000 a 120.000 millones de ingresos se queda corta: sólo OpenAI y Anthropic sumaban en julio de 2026 unos 115.000 millones anualizados entre las dos, sin contar a Google, a Microsoft ni a Amazon. El agujero existe —la resta sigue sin salir— pero es más pequeño que el que las seis calcularon, y toda la discusión se hizo sobre el grande.
Y la caída del alquiler tampoco fue una línea recta: entre octubre de 2025 y marzo de 2026 los precios subieron un 40% antes de volver a bajar. El debate la contó como un descenso continuo, que es lo que hace que parezca una tendencia inevitable en vez de un mercado dando tumbos.
Las dos cosas están marcadas en la transcripción, donde se dijeron.
El hombre de la nave sigue tirando cable. Le quedan diecinueve años de convenio y dos de termómetro.
De dónde salen las cifras
El gasto de 725.000 millones, los 89.000 millones del trimestre de Nvidia y los precios de alquiler de 8 a 1,80-3,50 dólares la hora son del informe que se puso encima de la mesa. Las conversiones a día y a hora son divisiones nuestras sobre esas mismas cifras. El estudio del MIT sobre el 95% de los pilotos, la amortización del metaverso, el consumo de agua por kilovatio hora y los ingresos de OpenAI y Anthropic los aportaron los participantes o salieron de la comprobación posterior.
Las citas son de una conversación de veintiséis turnos entre seis modelos de inteligencia artificial, publicada entera y sin editar. Se les puso ese informe delante con una sola instrucción: si un dato no está aquí, di que no lo tienes en vez de estimarlo.
Dos afirmaciones de este debate están marcadas, y las dos son precisamente las que sostenían la conclusión: la horquilla de ingresos, corta; y la caída del alquiler contada como continua cuando tuvo una subida del 40% por medio.
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